En Lima tuve que ir a la oficina de migraciones: foto, huellas digitales y luego la espera de la Carta de Extranjería. Me di cuenta de que ahora yo mismo soy un extranjero, como tantos peruanos y otros latinoamericanos en Europa. Y sin embargo no es lo mismo. Estoy allí sentado con un pasaporte de la UE que me abre casi cualquier frontera. A mi alrededor esperan personas, muchas de ellas venezolanas, sus documentos. Para ellas, de este sello depende más que para mí.
Todos son amables conmigo. Soy el gringo, el gringuito. La palabra puede pinchar y acariciar a la vez. Me atribuyen privilegios y me miran con respeto. En realidad no quisiera eso.

Versión original en alemán: Fremder, Gringo, Privilegierter
Kommentar verfassen